Hoy es uno de esos días en los que enriquecer el alma parece cosa fácil. Tan sólo he necesitado invitar a una amiga a un buen té de oferta, para que mi alma hoy esté alimentada. Cuando te sientas a conversar con alguien, no importa el destino al que te lleve la susodicha conversación. Lo único que importa es dejar que el humeante ambiente, el azúcar y las dosis de chocolate no cesen, para que todo salga a pedir de boca. Y es que, alfin y al cabo, en momentos como esos, te das cuenta de que todo el mundo necesita ser escuchado. Porque, muchas veces, hablamos tanto que no dejamos que aquellos que permanecen a nuestro alrededor, diáriamente, abran las puertas de sus recuerdos y nos inviten a tomar un agradable paseo por su interior. Pero, aquí, que necesitas el calor de los amigos más que cualquier otra cosa, te das cuenta de que ofrecer lo poco que tienes te puede hacer ganar mucho más.

No es muy habitual disfrutar de un lunes resacoso, como tampoco lo es desaprovechar las consecuencias de una resaca de cervezas. De esa que te deja un mal sabor de boca, con cierto dolor de cabeza, con unas ganas locas de beber miles y miles de litros de agua, pero que en el fondo, puede ser fácilmente curada con algo caliente y un par de galletas. Además, cuando despiertas despúes de haber ingerido tres o cuatro litros de cerveza la noche anterior, tienes la ligera sensación de que debes compartirlo con alguien. Y eso es lo que he hecho. He juntado el té, el calor, las galletas y la resaca para obtener como resultado una tarde larga, de conversaciones que han hecho que lo que podía haber sido un simple día de resaca en casa, se haya convertido en una tarde de escuchar. Y, retomando lo que antes tenía intención de explicar, no hay nada mejor que dejar hablar. Es una fórmula infalible para sentirte agusto contigo mismo, con el que tienes a tu lado y darte cuenta, de que, aunque seamos de países distintos, de otros mundos o no tengamos casi que nada en común, nuestras historias siempre tienen un algo que nos une. Parece rídiculo que ese algo que nos une sea casi siempre las relaciones personales, los viejos amores, aquellos que creíamos enterrados o los que vendrán. Pero, una vez creada la atmósfera indicada, mi querida compañera de tarde, ha dejado que mis oidos tuvieran el placer de escuchar sus historias, su vida, sus miedos y sus sueños futuros. Después, todo se ha solucionado con un buen abrazo y algunos planes para combatir el último día de vacaciones. Cuando se ha marchado, me sentía más relajada, como si mi alma hubiera ganado al dejar escuchar y permanecer en silencio para después reflexionar. Puede que parezca una tonteria, pero al estar callada, en silencio escuchando atentamente cada una de las historias que me iba contando, como las ha vivido, como eso le ha llevado a ser lo que es hoy, no he podido evitar pensar en que las personas somos seres que necesitamos ser comprendidos, aprobados por los demás, contar lo que llevamos dentro para llegar a calar en el resto.
Hacía mucho tiempo que no tenía un día de resaca tan gratificante, y mucho más, en los que mi alma magullada por la cerveza barata, se sentía tan cómoda en el cuerpo en el que vive.
Feliz semana
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