Un tranvia llamado aventura
Hace algún tiempo que pensé en emprender una nueva aventura. Una de esas en las que todo lo que te sucede quieres guardarlo en una pequeña caja de aluminio para que nunca se pueda escapar. Una aventura como las que cuentan en los libros, como las que ves en la televisión o como las que escuchas contar a tus amigos. Digamos, que quería una señora aventura, una divertida y de construcción interior. Una en la que tuviera tiempo para reir, para llorar y para vivir. Quería una de esas aventuras, que, cuando regresas quieres reunir a todos los que conoces para contarles que viste llorar a un pájaro y reír a un viejo. Sólo quería una aventura digna de una mujer de pequeña ciudad, pero de grandes esperanzas. Entonces, apareció Amsterdam. Y la aventura se hizo grande.
Cuando estas dentro de tu propia película, con música de Indiana Jones de fondo y una bici de nombre Lupita que te lleva hasta el infinito, te sientes una princesa. Cada día que pasa el escenario cambia, como también lo hacen los camaleones al cambiar de hábitat. Un día, eres protagonista de historias de nuevos amigos, de peligros idiomáticos, de fuego en la cocina o de la más absurda comedia sin lógica. Y eso, es divertido. Es divertido por que te ayuda a construir esa aventura que querías a tu antojo, por que sientes que los días, antes de nacer, se reúnen a pensar en qué pueden hacer para que al terminar, estes cansada y satisfecha como un niño en un parque de atracciones. Aunque, también hay días en los que te duele el alma, mucho, pero esos los dejaremos para nublados anocheceres. Hoy ha sido soleado. Antes de emprender el viaje, pensé que todo iba a ser distinto. No mejor, no peor, sólo diferente. Cuando te subes muy rápido al vagón de un tren con los ojos vendados, nunca sabes qué es lo que te vas a encontrar en tu parada, ni tan solo sabes si vas a ser capaz de subir al tren. Pero, lo mejor de las aventuras es no saber qué ocurrirá. Y desde que estoy de lleno en mi propia hazaña, nunca sé lo que va a ocurrir. Así que como diría una querida compañera de clase, "tu preocupate de relajarte, disfrutar, ver que pasa y si tienes que vomitar ya saldrá". Y eso, es lo que hacemos.
Ahora, de lleno en la segunda etapa de la andanza, sigo queriendo que nunca terminen las aventuras, los cambios de escenario y la cerveza de calidad superior. Todo lo que nos queda, o almenos, en lo que a mí respecta, es relajarme, disfrutar y si luego me da por tener vertigo y querer vomitar, ya saldrá.
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