Algo se muere en el alma....
...cuando un amigo se va. Y en este caso, se muere tres veces, una por cada uno de los amigos que han elegido el uno de febrero como fecha para largarse. Este, es sin duda, el año de la internacionalidad de mis queridos amigos, donde, apesar de mis críticas y llantos, también me incluyo yo. Y he de decir a su favor, que fuí yo la primera que inició el año escolar diciendo 'Bye, bye my friends'.
Berlín, Keswick y Praga. Tres destinos para tres amigos que han decidido dejarlo casi que todo, llenar una maleta con ilusión y algo de ropa y emprender el que, puede que sea el viaje de su vida. Hace unas horas, he tenido el placer de poder despedirme de ellos. Ha sido una despedida un tanto curiosa, porque, ni yo estoy físicamente en el mismo lugar que ellos, y porque el medio para hacerlo ha sido la pantalla de un ordenador, donde parece que las emociones se corten y las palabras se abrevien. Aún así, no he podido dejarles subirse a un avión sin decirles que les echaré de menos y que se abriguen bien, que por Europa hace mucho frío. Las despedidas son un auténtico coñazo. Lo son, porque parece que te estés marchando para mil años, que tu destino sea una isla perdida del Océano y que tu misión sea salvar el mundo. Pero es que ciertamente, antes de marcharte, no sabes muy bien donde vas a estar, qué es lo que te vas a encontrar. Digamos que vives en una incertidumbre casi permanente desde el mismo instante en el que decides que te vas a ir. Es una agonia, larga, dura que hasta que no llegas a tu destino no mengua. Por eso cuando te despides de los tuyos, lloras como si nunca más los fueras a ver y porque en realidad, estas, coloquialmente hablando, acojonado. Cuando me despedí de los mios en agosto creía que el mundo se terminaba ahí. Pero, después de cuatro días de papeleos universitarios, de hola qué tal soy de España y de acomodarte a tus nuevos 25 metros cuadrados, se respira de otro modo, más calmado, más palpable, mucho mejor. Ahora, les intentaba transmitir a ellos la no necesidad de sufrir, ya que después ves que no ha merecido la pena y que todo ha salido bien, pero es inevitable. Después de los adioses y de las recomendaciones típicas, he estado como una madre en vela, esperando a que los muchachos dijeran que ya habían llegado y que estaban bien.
Despedidas, skype y buenos propósitos han sido suficientes para saber que las aventuras siempre tienen un precio y que a veces, es un precio que vale la pena pagar.
Buena suerte amigos! Good luck! Glück Freunde! Hodne stesti pratele!

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