Culo veo, culo quiero
Cuando vas por la calle y ves a una de esas personas a las que hace tiempo que no has visto, pero que tampoco te importa demasiado, te paras a saludarla. Te cuenta brevemente qué ha sido de su vida desde la última vez que os visteís y sus nuevas adquisiciones. Entonces, hay algo que te gusta, que te atrae y que lo quieres para tí. Buscas sin tregua hasta que lo encuentras y entonces, sin saber muy bien porqué, eres un poco más feliz.
Cuando tu amiga Pepita adquiere lo último de las rebajas, una cosa supermegaespecial que desde que la has visto no puedes dejar de pensar en otra cosa, te vuelves loca hasta encontrarlo y poseerlo. Cuando el hijo de esa amiga de tu madre a la que nadie conoce pero que siempre tiene la suerte a su favor, ha hecho tal cosa, en aquel lugar, tu no quieres ser menos, también lo quieres. Luchas, lo consigues y santas pascuas.
Cuando ese nosequieneres ha encontrado a alguien muy mono al que poner a su lado, al que llamar pareja, a quién llevar de paseo, fotografiarlo para llenar su entrada de Facebook de fotos ultramegabonitas, a poder ser en blanco y negro, con miles de Me gusta y de qué guapos estaís y que buena pareja haceís, ¡que coño! Tú también quieres uno, aunque no lo pasees como a un mono de feria. En fin, como dice el refrán: culo veo, culo quiero.
Así somos la mayoría de los mortales: envidiosos por naturaleza, amantes de las cosas que no tenemos y que tienen los demás. Materialismo puro y duro, gente sin escrúpulos que se va copiando por ahí de lo que le ve a los suyos y que su infelicidad le pide a gritos que lo encuentre. Y curiosamente, aunque todo esto se resuma a posesiones materiales, a ciertas personas, de pensamientos más abstractos quizá, también nos pasa con la tristeza. Sí, esa cosa extraña que por algún motivo nadie quiere tener en sus manos pero que cuando ves a alguien triste, no hay vuelta atrás, tú también quieres tristeza, aunque sea porque sí, sin más, pero la quieres.
Eso es lo que me pasa a mí. Lo mismo me da que tengas el vestido más bonito sobre la faz de la tierra y que en tu bello cuerpo no queda nada bien, lo mismo me da que tengas 300 fotos de esa maravillosa tarde en el parque con tu maravilloso novio, con tu maravillosa cámara y tu dichoso blanco y negro. A mí lo que de verdad me da mucha, mucha envidia es la tristeza. Soy así de gilipoyas.
En la próxima vida pediré tener envidia de no tener qué se yo que cosas, pero nunca, nunca más, quiero tener envidia de la tristeza.
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